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El país de las piscinas
 
Las angustias de la sequía chocan de lleno con la realidad de Catalunya, donde las albercas forman parte natural del paisaje

 

El nadador de John Cheever consigue atravesar el condado saltando de piscinas en piscinas. Su nombre es Neddy Merril y su hazaña de 13 kilómetros a través de Bullet Park solo es posible porque la mayoría de los afortunados habitantes de los suburbios de Nueva York tienen piscina; él mismo tiene piscina. El narrador estadounidense publicó el que es casi con toda seguridad su cuento más famoso en 1964, y aparte de crear un personaje singular e inolvidable --Burt Lancaster le daría cara y cuerpo en el cine-- se inventó una forma de desplazamiento inédita ("En homenaje a su esposa, llamaría Lucinda a este curso de agua".)

¿Que por qué Cheever? Porque es difícil no pensar en su nadador cuando se sobrevuela Barcelona.
¿Hasta dónde llegaría Ned Merrill si decidiera cruzar la ciudad a nado? Muy lejos. Los pantanos están bajo mínimos, la sequía marca la agenda de la prensa, los políticos hablan de traer el agua a bordo de barcos y trenes, de hacer trasvases, y todo sucede en un lugar donde millones de litros de agua son de recreo; un territorio que se puede cruzar nadando. No es que de Castelldefels a Alella exista una ininterrumpida sucesión de resplandecientes albercas, pero a 400 metros de altura es fácil ver que un Merrill voluntarioso podría fabricarse un nuevo curso Lucinda. De todos modos, en el cuento original de Cheever el nadador tenía que atravesar jardines y calles, e incluso quedarse un cuarto de hora en medio de una autopista esperando un hueco en el tráfico para poder cruzar; lo mismo que le pasaría en Catalunya.


Digamos que Merrill o alguien con ganas de imitarlo decide empezar el recorrido en Castelldefels. No hay problema. Aquí, como en centenares de pueblos a pie de playa, hay manzanas en las que se cuentan tantas casas como piscinas. El nadador se zambulle, llega al otro lado, sale, atraviesa un muro de pinos, vuelve a zambullirse, pasa de piscina en piscina, de propiedad en propiedad, de vez en cuando se ve en bañador cruzando alguna calle (el Merrill original se detiene a saludar a los amigos, pero este no tiene tiempo). Así llega hasta Gavà (mar), donde repite la misma operación. Sin problemas.

Población tímida
Pero el país de las piscinas tiene agujeros negros, y para desplazarse hacia el noreste el nadador está obligado a hacer cosas raras (como atravesar en bañador los campos de alcachofas). Y hacer un gran esfuerzo en Sant Boi de Llobregat --donde la población de piscinas es tímida--, y cruzar como bien pueda la Ronda Litoral, y llegar así a Sant Joan Despí, donde vuelve a estar en su ambiente. Es posible que el nadador tenga muchos problemas para pasar de un pueblo a otro, pero hay municipios como Valldoreix, como Sant Cugat del Vallès, como Alella, como Tiana y como el Masnou que están repletos de piscinas, y que sin lugar a dudas podrían cruzarse a nado. Al menos según Cheever. Si alguien piensa que la sequía ha vaciado las piscinas se equivoca: ocho o nueve de cada 10 están esplendorosas, listas para el chapuzón. Pero no hay que olvidar que el agua de estas albercas de recreo se cambia cada cinco años, más o menos, y que es imposible saber, desde un helicóptero, quién se ha saltado últimamente la norma y ha cambiado el precioso líquido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente : Elperiodico.com

 

 

 

 

 

 

 

 

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